Cómo les platicaba en mi escrito
pasado. El miedo fue el principal motivo por el cual no pude recuperarme como
yo hubiera querido de la operación, me causaba llantos al despertar, a medio
día, a media tarde, en la noche, a veces simplemente no podía pensar en otra
cosa que no fuera mi salud y, una vez más, en el miedo que tenía de
absolutamente todo lo que tuviera que ver conmigo.
Entonces mi plan para no pensar
tanto era ingeniar actividades que pudieran distraerme pero no podía
concentrarme en ninguna de ellas, así que sólo contaba los días para ver a mi
prima, casi hermana (nada más porque ella se apellida Bieletto Bueno y yo Bueno Bieletto no lo es ;) ) para poder
estar cerca de ella, abrazarla, que me abrazara mientras lloraba y que o
habláramos mucho o no platicáramos nada. Eso sí, sólo pude concentrarme en tejerle una cobija a mi sobrinito.
También esperaba que fueran días
de ir a casa de mi abuelita para ver a mis tías y familiares y así poder estar
acompañada y llorar y llorar si es que así lo quería. Debido a que el llanto
llegaba hasta en el momento menos esperado como a la hora de comer, o después
de comer o viendo una película o saliendo del baño, simplemente corría con
quien estuviera muy cerca, me abrazaban fuertemente y a veces se pasaba el
miedo, a veces se sentía por unos 15 minutos demasiado intenso y poco a poco se
iba, jamás me había sentido tan apapachada.
Muchos de mis familiares y amigos
me dijeron que era lógico, que había vivido muchas cosas desde niña que no pude expresar o que “fui demasiado
fuerte”. No lo sé, será el sereno (como dice mi familia) pero lo que sí puedo
decir es que jamás me sentí tan apoyada, tan protegida y curiosamente y
paradójicamente tan feliz de contar con todo el cariño de mi familia y amigos,
motivo que me hacía desesperar más porque lo único que quería era estar bien
para mi y para la gente que me rodeaba. Yo veía sus caras de preocupación pero especialmente de impotencia y eso me
hacía recordar que he salido de varias, que esta no me vencería pero … no sabía
para cuando, así que aprendí a recibir el apoyo.
Todos me dijeron que era un
proceso. Ahora sí decidí decirlo a los cuatro vientos (antes no se me ocurría
decir que me sentía triste, enojada o mal) nada de aparentar estar o sentirme bien, estaba mal, estaba
triste. ¡Oh sorpresa!, todos lo entendieron, cada quien a su manera, pero lo
entendieron. Me dijeron que así como era un proceso tenía que ser paciente, y
pues no sé ni de donde saqué la paciencia, tal vez, pensando día a día disfrutar
el siguiente día, no pensaba ni un día más a futuro, vivía la mañana y si
pasaba bien la mañana, pensaba en la tarde y si así era … la noche era la mejor,
entonces así fui, hora a hora, día a día.
Lo peor estaba sucediendo, las
crisis eran las peores, ahora sólo contaba los días para ver a mi hermana. Y
entonces empezó la aventura de los doctores, las mil y un citas, ir uno tras
otro, hacerme análisis y más análisis. Segundas opiniones, terceras y cuartas.
Especialistas por aquí y por allá … no descansábamos, también me desgasté.
Primer doctor: cardiólogo para estabilizarme la presión y la depresión. Doctor que me manda con Reumatóloga
(experta en Lupus), doctor que me manda medicina para la depresión que me calló
como bomba, siguiente día, el peor de toda la recuperación. Medicina rechazada.
Estudios.
Siguiente cita, doctora
Reumatóloga: dos horas de interrogatorio … conclusión: podría no tener Lupus ¿?
Qué!!! ¿De qué diablos me habla? ¿16 años creyendo que pudiera o no tenerlo?
Siguiente cita, psiquiatra: Manda
la pastilla correcta. Las crisis siguen, mi primo está cerca de mi en toda mi recuperación,
el ejercicio también ayuda, me hace compañía mi primo y mi novio. Dos semanas después por fin
siento que saldré de la depresión, que pronto ya no tendré miedo y algo dentro
de mi me dice que viene racha de buenas noticias, las cosas ya no se ven catastrófico, como quien dice, por fin veo luz en el agujero en el que estaba sumida ...
No hay comentarios:
Publicar un comentario