viernes, 23 de noviembre de 2012

Carta a Isaías Balboa



Querido Isaías Balboa o tal vez deba dirigirme mejor a ti, Joaquín.

Dadas las problemáticas personales que uno experimenta con cada pareja en turno, propongo que ahora redactes un libro que mencione como no ser tan “pendejo”, como tú nos llamarías a este sector de ésas personas,  cuando uno se encuentra involucrado en una relación amorosa y sexual, específicamente. 

Propongo que nos enseñes a estar enamorados, pero siempre con los pies en la tierra y con el valor para poder dejar en claro cuáles son los límites que simplemente no pueden traspasar. Creo que sería buena idea que nos describieras como podemos evitar momentos de alta adrenalina como aquellas experiencias vividas que tenías cuando tenías frente a ti a Imelda o cuando en tu teléfono veías el nombre de Eugenia, sé que lo prefieres más que Gina. 

Me gustaría que te atrevieras a hacer un manual de ser lo suficientemente egoístas para no terminar cediendo en absolutamente todo, pero no lo tanto como para parecer uno de esos patanes que tanto te gusta citar.
Sería una excelente idea que pudieras aconsejar cómo reaccionar en una pelea, como no terminar dando la razón para no pelear más y poder decir todo lo que uno quiere decir sin temor a lastimar al otro, despreocuparnos por eso, pero al mismo tiempo estar seguros que a futuro, no habrá consecuencias. 

¿Cómo le hubieras hecho cuándo adolescente peleabas con Imelda? Recuerdo que siempre terminabas cediendo, quedándote callado. Por qué mejor no escribes lo que te hubiera encantado decirle en ese momento de enojo, frustración y decepción porque, ¡vaya que te decepcionaba!

¿Qué esperabas Joaquín? ¿Qué te regalara una caja de chocolates y te diera un beso cada que peleaban? ó que te llevara a la cama sin aclarar el tema. Tal vez hubieras preferido que te llevara un ramo de rosas y te cantara al pie de tu ventana, sin que las vecinas gritaran que se callara, ¡perdón! Eso lo esperaría una niña, o ¿cuándo se está enamorado los deseos no tienen género?  Lo siento Joaquín, ahora yo te digo; eso no pasa, eso no sucede, bueno, sí, en las películas,, en los cuentos. Tú mejor que nadie lo sabe, apoco tu mamá recibía muchas caricias de Manuel, o Manolo, como prefieras, y no se diga de Imelda, ¿las trataba bien? Y entonces, ¿por qué estaban ahí? Siempre te lo preguntaste ¿no? Seguro era el mal trato que nunca supiste dar.

Deberías escribir todo lo que te hubiera gustado hacer y decir cada que se enojaba, cada que se daba la media vuelta para verse con Manolo, ¿en verdad no te daban celos? Morías, morías de ellos. Deberías expresar tu enojo, tu frustración, enseñando a la gente como tratar al mal novio, a la mala novia, al desagradecido, al que siempre decepciona, el que promete y no cumple, el que te baja las estrellas, pero nunca te las da. 

Lo que sucede contigo es que eres capaz de ensañarle al mundo entero como comportarse, pero para hacer eso, entonces el que se tiene que joder eres tú. Al que decepcionan es a ti. El que intenta una y otra vez mantener ese deseo, esa chispa y siempre se la apagan, se la pisotean, es as ti. De una vez por todas entiéndelo, nadie Joaquín, nadie la mano si no la estiras para que te la den, sino pregúntale a Violetta, igual con ella hubieras podido relacionarte. Lo olvidaba, ella sí se dio de madrazos cuando se enamoro, no intentó evitarlos.