jueves, 2 de octubre de 2014

El miedo (Mi recuperación parte II)

Cómo les platicaba en mi escrito pasado. El miedo fue el principal motivo por el cual no pude recuperarme como yo hubiera querido de la operación, me causaba llantos al despertar, a medio día, a media tarde, en la noche, a veces simplemente no podía pensar en otra cosa que no fuera mi salud y, una vez más, en el miedo que tenía de absolutamente todo lo que tuviera que ver conmigo.

Entonces mi plan para no pensar tanto era ingeniar actividades que pudieran distraerme pero no podía concentrarme en ninguna de ellas, así que sólo contaba los días para ver a mi prima, casi hermana (nada más porque ella se apellida  Bieletto Bueno y yo Bueno Bieletto no lo es ;) ) para poder estar cerca de ella, abrazarla, que me abrazara mientras lloraba y que o habláramos mucho o no platicáramos nada. Eso sí, sólo pude concentrarme en tejerle una cobija a mi sobrinito.

También esperaba que fueran días de ir a casa de mi abuelita para ver a mis tías y familiares y así poder estar acompañada y llorar y llorar si es que así lo quería. Debido a que el llanto llegaba hasta en el momento menos esperado como a la hora de comer, o después de comer o viendo una película o saliendo del baño, simplemente corría con quien estuviera muy cerca, me abrazaban fuertemente y a veces se pasaba el miedo, a veces se sentía por unos 15 minutos demasiado intenso y poco a poco se iba, jamás me había sentido tan apapachada.

Muchos de mis familiares y amigos me dijeron que era lógico, que había vivido muchas cosas desde niña que  no pude expresar o que “fui demasiado fuerte”. No lo sé, será el sereno (como dice mi familia) pero lo que sí puedo decir es que jamás me sentí tan apoyada, tan protegida y curiosamente y paradójicamente tan feliz de contar con todo el cariño de mi familia y amigos, motivo que me hacía desesperar más porque lo único que quería era estar bien para mi y para la gente que me rodeaba. Yo veía sus caras de preocupación  pero especialmente de impotencia y eso me hacía recordar que he salido de varias, que esta no me vencería pero … no sabía para cuando, así que aprendí a recibir el apoyo.

Todos me dijeron que era un proceso. Ahora sí decidí decirlo a los cuatro vientos (antes no se me ocurría decir que me sentía triste, enojada o mal)  nada de aparentar estar o sentirme bien, estaba mal, estaba triste. ¡Oh sorpresa!, todos lo entendieron, cada quien a su manera, pero lo entendieron. Me dijeron que así como era un proceso tenía que ser paciente, y pues no sé ni de donde saqué la paciencia, tal vez, pensando día a día disfrutar el siguiente día, no pensaba ni un día más a futuro, vivía la mañana y si pasaba bien la mañana, pensaba en la tarde y si así era … la noche era la mejor, entonces así fui, hora a hora, día a día.

Lo peor estaba sucediendo, las crisis eran las peores, ahora sólo contaba los días para ver a mi hermana. Y entonces empezó la aventura de los doctores, las mil y un citas, ir uno tras otro, hacerme análisis y más análisis. Segundas opiniones, terceras y cuartas. Especialistas por aquí y por allá … no descansábamos, también me desgasté.

Primer doctor: cardiólogo para estabilizarme la presión y la depresión. Doctor que me manda con Reumatóloga (experta en Lupus), doctor que me manda medicina para la depresión que me calló como bomba, siguiente día, el peor de toda la recuperación. Medicina rechazada. Estudios.

Siguiente cita, doctora Reumatóloga: dos horas de interrogatorio … conclusión: podría no tener Lupus ¿? Qué!!! ¿De qué diablos me habla? ¿16 años creyendo que pudiera o no tenerlo?


Siguiente cita, psiquiatra: Manda la pastilla correcta. Las crisis siguen, mi primo está cerca de mi en toda mi recuperación, el ejercicio también ayuda, me hace compañía mi primo y mi novio. Dos semanas después por fin siento que saldré de la depresión, que pronto ya no tendré miedo y algo dentro de mi me dice que viene racha de buenas noticias, las cosas ya no se ven catastrófico, como quien dice, por fin veo luz en el agujero en el que estaba sumida ...