domingo, 7 de septiembre de 2014

Mi Recuperación (Parte I)

Luego de más de un poquito más de 3 meses aquí estoy escribiendo, contándoles como ahora sí “las cosas se están acomodando”, como dije en el escrito pasado, sabía que pasaría esa fase en que uno no más no encuentra salida pero, aquí estoy, saliendo del hoyo, coloquialmente hablando.

He de confesar que han sido los tres meses más espantosos y al mismo tiempo los tres meses más significativos en mi vida y nada más por esa sencilla razón que parece no tener mucha lógica es que quiero compartir los siguientes escritos, así nomás porque me dan ganas de compartirles mi experiencia, al final eso es lo que nos queda; experiencias.

Desde abril de este año mi salud no estaba muy bien que digamos, yo estaba estresada buscando trabajo, no encontrando nada que me convenciera y frustrándome porque no podía hacer todo lo que supuestamente quería hacer a mis 25 años. Mi presión comenzó a subir, mi panza no andaba muy tolerante con casi nada y no se diga los dolores de cabeza, eran totalmente insoportables y por ende preocupantes, y ahí comenzó mi miedo, miedo a ponerme peor cada vez y algo así sucedió.

Luego de tanto estrés, un dolor sumamente intenso que creíamos era la panza, luego el apéndice y después hasta pensamos que pudiera ser el riñón, terminé en el hospital en la sala de emergencia donde tuvieron que operarme de un quiste que se reventó en uno de mis ovarios. Me dijeron que me operarían de emergencia, yo escuchaba a los doctores que estaban seguros que el motivo era el quiste, sin embargo nos advirtieron que podía ser el apéndice y de ser así me abrirían. Dije que sí, el dolor era tan insoportable que sólo pensaba en que ya no quería sentirlo. De pronto creí que todo lo que me sucedió trajo como consecuencia esa operación o que el motivo del sentirme tan mal era precisamente porque se estaba avecindando este “problema”, pero no tenía nada que ver una cosa con otra, así no más ... se me juntó todo.

Camino a la ambulancia la paramédico fue quien diagnosticó un posible dolor del riñón, yo me asusté muchísimo pero pensé “después de 16 años que era de alguna manera razonable que regresar al hospital”, aunque la verdad no quise pensar en eso así que le hice la plática a la paramédico todo el camino. Después me dijeron que me operarían, jamás tuve tiempo ni de ponerme nerviosa ni de estresarme, simplemente quería descansar, dormir , ya no vomitar, y parar esos dolores en pocas palabras quería que operaran, ya. Salí de la operación contenta porque ya había dormido y porque ya no tenía más dolor, vi a mi familia (papás, tíos y novio)  y sin más lloré por la tranquilidad que en ese momento sentí, sencillamente porque estaban ahí.

Al siguiente día “una medicina” me puso ansiosa y sólo pude calmarme llorando con mi mamá, y aunque para algunos sea extraño, no acostumbro a llorar tanto, y así llegó el mal del bueno (es decir, llorar y llorar). Total, salí pronto del hospital, llegué a casita por fin y a disfrutar del mundial en cama, aunque eso de disfrutar es un decir. Esos días comenzaron a ser terriblemente preocupantes, que si me subía la presión que si me bajaba, que si tenía una cosa, que si tenía otra. En fin, la recuperación de la anemia, más la pérdida de sangre, más la operación misma no ayudaban a mi confianza de ponerme bien y sin decir agua va … sentí miedo, a todas horas, mañana, noche, miedo de volver a enfermarme de lo que fuera, ese fue mi primer miedo.

Todo ese tiempo mis papá, mi mamá y Saúl estuvieron conmigo, cuidándome, apoyándome y sí, consintiéndome en mi recuperación, pero ¡oh sorpresa!, para todos, vendrían días de llorar inconsolablemente aparentemente sin razones obvias. Sentía una cosa rarísima, una angustia constante de que algo malo me pasara, preocupación de regresar al hospital o ponerme peor, y si eso aumentaba comenzaba a sentir ansias en las piernas, acto seguido, lloraba inconsolablemente, diciendo que algo me pasaría. Los días pasaron y ese miedo se hizo más grande, ahora pensaba que moriría instantáneamente, de la nada y dormir era un suplicio. Dormir en las tardes, al medio día o en la mañana me era imposible puesto que al quedarme dormida creía inmediatamente que no despertaría nunca. Sólo quería que llegara la noche para dormir y no pensar en tantas cosas, curiosamente, la noche no me daba miedo.

Así siguieron pasando los días y el miedo iba en aumento, obviamente mis papás estaban preocupados y un tanto desesperados, Saúl un poco más, y yo sin saber explicar qué tenía o por qué pensaba todo lo que pensaba. De pronto mi psicóloga diagnostica una depresión, ¿una qué? Si yo lo que quería era salir adelante, caminar, volver a tener mi vida “normal”, salir con mis amigas, buscar trabajo, pasear ¿deprimida yo? No entendía nada y más me preocupaba. Después comprendí que la palabra depresión la usamos a la ligera, pensando que es una inmensa tristeza o un constante estado de llorar, nada que ver, ahora entiendo que la depresión es cosa totalmente médica. Así como se enferma el estómago, las vías respiratorias, el sistema inmunológico, así se enferma el sistema nervioso, así se enferma el cerebro, qué iba yo a saber. Igual nos lo explicaron pero no quería tomar medicina ¿antidepresivos? ¿yo? Pero si no estaba deprimida … la cuestión es que mi cerebro generaba más serotonina de la que debía y he ahí todas las cosas extrañas que sentía.

Se sabe muy poco de esto, la información aún no es la suficiente, se sigue creyendo que uno esta “loco” y hay casos como el mío que se distingue perfectamente que no es una cuestión emocional, es mucho más allá de lo que uno pueda controlar, no es cuestión solamente de echarle ganas, así no funciona esto de las depresiones diagnosticada por psiquiatría que puede suceder por muchas causas, en mi caso por tanta acumulación de estrés, y miedo inexpresado de poderme morir desde antes de que me operaran.

Los pensamientos que generaba mi cabeza son un tanto indescriptibles por no decir totalmente catastróficos, sí sentía un dolor en la panza ya pensaba que tal vez eran los intestinos que se estaban revolcando por dentro o que en cualquier momento me explotarían y tendrían que llevarme al hospital de nuevo, si me subía la presión pensaba que tal vez me diera un paro cardiaco a media noche, si me dolía la cabeza creía que tendría un derrame cerebral, terrible, cosas de ese tipo pensaba todo el tiempo. Ahora me da un poco de risa, en ese momento era sumamente preocupante, no existía la lógica en mi entendimiento, no podía comprender que las recuperaciones son lentas, que mis estudios de sangre salían perfectamente bien (de hecho mejor de lo que creíamos todos), y entonces mi desesperación era mayor.


De pronto logré separar lo “lógico” de las sensaciones que me invadían, sabía de sobra que estaba bien y algo dentro de mi, mi cuerpo mismo (llevó años conociéndolo y reconociéndolo) me decía que no pasaba absolutamente nada, al contrario, todo estaba perfectamente bien e iría mejor. Pensaba que siempre he sido positiva, que siempre he salido adelante, que busco siempre maneras y formas de no tirar la toalla, de no decir ¡ya basta, hasta aquí quiero vivir!, era una ansiedad terrible combinada obviamente con angustia y desesperación, me daba miedo tener miedo, me daba miedo enojarme tanto que pudiera hacer alguna estupidez conmigo misma, me daba miedo pensar que en algún momento ya no quisiera vivir cuando tenía tanto por qué hacerlo y entonces … aquí me es inevitable hablar de la mejor medicina; el amor de mi familia, conocidos, amigos y pareja que siempre me tuvieron motivada a seguir luchando de una manera sobrehumana para separar lo real, lo lógico de lo que mi mente creaba pero todo ese proceso  merece (muy sinceramente) otro escrito, así que por el momento quiero dejar claro que de no ser por absolutamente todo el amor y apoyo incondicional de la gente que me quiere, creo que sí hubiera pensado que ya no tenía sentido seguir. Y es por esto que en definitiva adoro a mi familia y me felicito por elegir a lo largo de mi vida personas que se han quedado en mi vida en las buenas, en las malas y en las peores.

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