Querido Isaías
Balboa o tal vez deba dirigirme mejor a ti, Joaquín.
Dadas las problemáticas personales que uno experimenta con cada pareja en
turno, propongo que ahora redactes un libro que mencione como no ser tan “pendejo”,
como tú nos llamarías a este sector de ésas personas, cuando uno se encuentra involucrado en una
relación amorosa y sexual, específicamente.
Propongo que nos enseñes a estar enamorados, pero siempre con los pies en
la tierra y con el valor para poder dejar en claro cuáles son los límites que
simplemente no pueden traspasar. Creo que sería buena idea que nos describieras
como podemos evitar momentos de alta adrenalina como aquellas experiencias
vividas que tenías cuando tenías frente a ti a Imelda o cuando en tu teléfono veías
el nombre de Eugenia, sé que lo prefieres más que Gina.
Me gustaría que te atrevieras a hacer un manual de ser lo suficientemente
egoístas para no terminar cediendo en absolutamente todo, pero no lo tanto como
para parecer uno de esos patanes que tanto te gusta citar.
Sería una excelente idea que pudieras aconsejar cómo reaccionar en una
pelea, como no terminar dando la razón para no pelear más y poder decir todo lo
que uno quiere decir sin temor a lastimar al otro, despreocuparnos por eso,
pero al mismo tiempo estar seguros que a futuro, no habrá consecuencias.
¿Cómo
le hubieras hecho cuándo adolescente peleabas con Imelda? Recuerdo que siempre
terminabas cediendo, quedándote callado. Por qué mejor no escribes lo que te
hubiera encantado decirle en ese momento de enojo, frustración y decepción porque,
¡vaya que te decepcionaba!
¿Qué esperabas Joaquín? ¿Qué te regalara una caja de chocolates y te diera
un beso cada que peleaban? ó que te llevara a la cama sin aclarar el tema. Tal
vez hubieras preferido que te llevara un ramo de rosas y te cantara al pie de
tu ventana, sin que las vecinas gritaran que se callara, ¡perdón! Eso lo
esperaría una niña, o ¿cuándo se está enamorado los deseos no tienen género? Lo siento Joaquín, ahora yo te digo; eso no
pasa, eso no sucede, bueno, sí, en las películas,, en los cuentos. Tú mejor que
nadie lo sabe, apoco tu mamá recibía muchas caricias de Manuel, o Manolo, como
prefieras, y no se diga de Imelda, ¿las trataba bien? Y entonces, ¿por qué
estaban ahí? Siempre te lo preguntaste ¿no? Seguro era el mal trato que nunca supiste dar.
Deberías escribir todo lo que te hubiera gustado hacer y decir cada que se
enojaba, cada que se daba la media vuelta para verse con Manolo, ¿en verdad no
te daban celos? Morías, morías de ellos. Deberías expresar tu enojo, tu
frustración, enseñando a la gente como tratar al mal novio, a la mala novia, al
desagradecido, al que siempre decepciona, el que promete y no cumple, el que te
baja las estrellas, pero nunca te las da.
Lo que sucede contigo es que eres capaz de ensañarle al mundo entero como
comportarse, pero para hacer eso, entonces el que se tiene que joder eres tú.
Al que decepcionan es a ti. El que intenta una y otra vez mantener ese deseo,
esa chispa y siempre se la apagan, se la pisotean, es as ti. De una vez por
todas entiéndelo, nadie Joaquín, nadie la mano si no la estiras para que te la den, sino pregúntale a Violetta,
igual con ella hubieras podido relacionarte. Lo olvidaba, ella sí se dio de
madrazos cuando se enamoro, no intentó evitarlos.
Madrazos...
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